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Extrañar también es cuidar lo que alguien dejó vivo.

A lo largo de mi vida me he dado cuenta de que no tengo la capacidad de extrañar como muchas personas dicen que extrañan. Y durante mucho tiempo me pregunté si eso significaba que había algo malo en mí, si era frialdad, distancia emocional o una especie de incapacidad afectiva. Pero con el tiempo entendí que no. Simplemente mi manera de vincularme con la ausencia es distinta.

El honor como camino de libertad; el precio psicológico de honrar a la fuerza.

“Honor”, en su raíz, implica evaluar. Y evaluar no siempre arroja una calificación positiva. El honor es una admiración que se gana por obra y coherencia, no por jerarquía. Cuando se vuelve obligación por rango (“honra al grande, al poderoso, al jefe, al padre”), el honor deja de ser virtud y se vuelve servilismo: adulación política, miedo maquillado de respeto.

¿Por qué cuesta diferenciar entre lo que el otro hace y lo que yo siento?

Muchas veces creemos que, porque una emoción aparece con fuerza, esa emoción es una prueba irrefutable de lo que está ocurriendo afuera. Pero lo cierto es que sentir algo no significa necesariamente que eso refleje la realidad externa: muchas veces lo que sentimos habla más de nuestras memorias emocionales, de nuestras heridas no resueltas o de los significados que hemos construido a lo largo de la vida.