Extrañar también es cuidar lo que alguien dejó vivo.

A lo largo de mi vida me he dado cuenta de que no tengo la capacidad de extrañar como muchas personas dicen que extrañan. Y durante mucho tiempo me pregunté si eso significaba que había algo malo en mí, si era frialdad, distancia emocional o una especie de incapacidad afectiva. Pero con el tiempo entendí que no. Simplemente mi manera de vincularme con la ausencia es distinta.

A lo largo de mi vida me he dado cuenta de que no tengo la capacidad de extrañar como muchas personas dicen que extrañan. Y durante mucho tiempo me pregunté si eso significaba que había algo malo en mí, si era frialdad, distancia emocional o una especie de incapacidad afectiva. Pero con el tiempo entendí que no. Simplemente mi manera de vincularme con la ausencia es distinta.

La etimología de la palabra “extrañar” resulta profundamente interesante cuando se observa a la luz de lo que realmente sentimos los seres humanos frente a la ausencia.

“Extrañar” viene del latín extraneāre, derivado de extraneus, que significa “extraño”, “ajeno”, “externo” o “de afuera”. Y esta palabra, a su vez, proviene de extra: “fuera de”.

Es decir, originalmente, la palabra no hablaba necesariamente de amor o de dolor profundo, sino de algo que ha quedado fuera de nosotros, fuera de nuestro espacio habitual, fuera de nuestra cotidianidad o de nuestro mundo conocido.

Por eso, incluso hoy, la palabra conserva varios significados:
sentir la ausencia de alguien,
percibir algo como raro o ajeno,
o sentirse fuera de lugar.

Y justamente ahí aparece algo muy importante respecto a la forma en la que solemos usar el verbo “extrañar”.

Muchas veces creemos que extrañar automáticamente significa amar profundamente a alguien, pero etimológicamente no siempre es así. A veces lo que sentimos no es amor profundo por la persona, sino la sensación de que algo salió de nuestro espacio emocional, de nuestra rutina, de nuestra estructura cotidiana o de nuestra identidad.

Hoy creo que el verbo “extrañar” debería ser usado con mucha más delicadeza de la que solemos usarlo. Porque muchas veces lo confundimos con nostalgia, costumbre, soledad, vacío, hábito o necesidad emocional. Hay personas que dicen extrañar cuando en realidad lo que sienten es el silencio que dejó alguien que regulaba su vida, acompañaba su rutina o llenaba ciertos espacios internos. Y claro que eso duele, pero no siempre significa que se extrañe verdaderamente a la persona.

Yo me he dado cuenta de que solamente tengo la capacidad real de extrañar a quienes amé profundamente y con quienes realmente conviví desde el corazón. Personas cuya presencia sí habitó mi vida de manera viva y significativa. Como mi bisabuela. Ella sí representa para mí una ausencia real. Y justamente por eso entiendo que el extrañar no nace únicamente del lazo sanguíneo, ni del “debería querer”, ni de la obligación familiar. Porque también he tenido familiares cercanos biológicamente que murieron y a quienes no extraño. Como mi abuela materna.

Y eso me ha hecho cuestionar profundamente esa idea que muchas veces repiten las personas: “cuando se muera te vas a arrepentir de no convivir”. Creo que eso no siempre es verdad. A veces sí ocurre, claro. Pero otras veces no. Porque la muerte no crea mágicamente un vínculo que nunca existió. La muerte no obliga al amor. No convierte automáticamente la distancia emocional en cercanía verdadera.

Pienso que los seres humanos realmente extrañamos aquello que sí vivimos mientras estaba vivo. Extrañamos a quienes sí amábamos, con quienes sí compartimos presencia, intimidad, historia, cuidado, tiempo y realidad. Y por eso creo que muchas veces la sociedad romantiza demasiado el sufrimiento asociado al extrañar. Como si llorar mucho fuera prueba de amor. Como si quedarse atrapado eternamente en la ausencia volviera un vínculo más verdadero o más profundo.

Incluso he visto personas que parecen sentirse moralmente superiores por extrañar. Como si la intensidad de su dolor les otorgara una especie de legitimidad emocional. Pero el amor no siempre es escandaloso, ni ruidoso, ni permanente en forma de herida abierta. A veces el amor también sabe integrar, aceptar y continuar.

Y creo que ahí aparece otra pregunta que me ha acompañado durante años: ¿cómo se honra realmente a alguien que amamos y que ya murió? ¿Cómo se nutre un vínculo cuando esa persona ya no está físicamente?

Y creo que he encontrado mi propia respuesta.

La forma de honrar a quienes amamos no siempre está en quedarse llorando eternamente su ausencia. Muchas veces está en cuidar lo que dejaron vivo.

Cuidar a las personas que amaban.
Cuidar a quienes protegían.
Cuidar sus animales.
Cuidar sus proyectos.
Cuidar sus objetos importantes.
Cuidar sus enseñanzas.
Cuidar ciertas formas de mirar el mundo.
Cuidar incluso pequeños gestos cotidianos que dejaron sembrados.

Siento que ahí el amor deja de ser únicamente emoción y se convierte en continuidad.

Porque hay personas que ya no viven físicamente, pero siguen existiendo en la manera en la que tratamos a otros, en cómo protegemos algo que ellas cuidaban, en cómo sostenemos una parte de la vida que dejaron andando antes de irse.

Y tal vez esa sea una de las formas más profundas de amor: no solamente sufrir la ausencia de alguien, sino permitir que algo de su existencia siga teniendo vida a través de nosotros.

A veces honrar a alguien no es pensar en él todos los días con dolor. A veces es simplemente seguir cuidando una planta que amaba, seguir preparando una receta, abrazar a su perro, proteger a su familia, repetir una frase que decía o continuar un proyecto que dejó incompleto.

Eso también es memoria.
Eso también es presencia.
Eso también es amor.

Y quizás por eso creo que el verdadero extrañar no siempre necesita demostrarse. No siempre es dramático, ni visible, ni constante. A veces es silencioso. A veces vive en actos pequeños. A veces vive solamente en la manera en la que seguimos cuidando aquello que un día alguien amado dejó vivo en este mundo.