Yo: Ayer estaba viendo el partido de México contra Inglaterra con mi familia.
Soy: Y no solo estabas viendo un partido.
Yo: No. Estaba viendo a mi papá.
Soy: Estabas viendo una dinámica.
Yo: Sí. Cuando México recibió el primer gol, mi papá se decepcionó muy rápido. Dijo algo como: “ya no ganamos”.
Soy: Y eso te movió algo antiguo.
Yo: Me di cuenta de que muchas veces me sentí presionada para no decepcionarlo.
Soy: Como si tuvieras que ser perfecta para que él no perdiera la esperanza.
Yo: Sí. Como si no pudiera fallar.
Soy: Como si tú no pudieras ser el gol en contra.
Yo: Exacto. Y también entendí por qué me irritan tanto las personas negativas.
Soy: No solo negativas.
Yo: ¿No?
Soy: Te irritan las personas que se rinden antes de intentar.
Yo: Las que dicen: “ya ni modo”, “así me tocó”, “ya no hay nada que hacer”.
Soy: Porque para ti eso no suena solo a tristeza. Suena a abandono.
Yo: Sí. Como si alguien soltara el volante y esperara que todo se estrelle.
Soy: Y tú creciste intentando que no se estrellara.
Yo: Con mi papá.
Soy: Con la decepción rápida de tu papá.
Yo: Él veía un gol y decía: “ya perdimos”.
Soy: Y tú escuchabas algo más profundo.
Yo: “Ya fallaste”.
Soy: “Ya me decepcionaste”.
Yo: Sí…
Soy: Entonces aprendiste a no ser el error.
Yo: A no ser la razón por la que alguien perdiera la esperanza.
Soy: Por eso te exigiste tanto.
Yo: Porque si yo era perfecta, quizá nadie se decepcionaba.
Soy: Pero eso cansa mucho.
Yo: Cansa muchísimo.
Soy: Porque una niña no puede sostener la esperanza de un adulto.
Yo: Y ahora, cuando alguien dice: “ya no se puede”, me enojo.
Soy: Porque no estás escuchando solo a esa persona.
Yo: Estoy escuchando a mi papá.
Soy: Y también a la niña que sintió que tenía que compensarlo.
Yo: Como si otra vez me tocara decir: “sí se puede, sí hay forma, no te rindas”.
Soy: Pero esta vez ya no quieres salvar a nadie.
Yo: No. Quiero que cada quien tome su vida.
Soy: Porque tú no niegas el dolor.
Yo: No. Yo entiendo que algo duela.
Soy: Pero no soportas cuando el dolor se convierte en identidad.
Yo: Cuando alguien dice: “yo soy así porque me tocó esto”.
Soy: Y tú dices: “sí, te tocó, pero también puedes hacer algo con eso”.
Yo: Sí.
Soy: Eso también lo aprendiste de tu papá.
Yo: ¿La fuerza?
Soy: Sí. Porque tu papá se decepciona rápido, pero también se levanta.
Yo: Es contradictorio.
Soy: Es humano.
Yo: Primero dice: “ya perdimos”.
Soy: Y luego dice: “pero esto no nos va a derrotar”.
Yo: Entonces heredé las dos cosas.
Soy: Heredaste la alarma ante la decepción y la voluntad de seguir.
Yo: La presión y la resiliencia.
Soy: La exigencia y el impulso.
Yo: La niña que no quería decepcionar y la mujer que no se deja vencer.
Soy: Exacto.
Yo: Entonces mi enojo con la gente negativa también tiene historia.
Soy: Sí. No es solo juicio. Es memoria.
Yo: Memoria de tener que cargar con la esperanza.
Soy: Y ahora puedes soltar eso.
Yo: ¿Cómo?
Soy: Diciendo: “yo puedo acompañarte, pero no voy a vivir dentro de tu rendición”.
Yo: Me gusta.
Soy: También puedes decir: “tu desesperanza no es mi responsabilidad”.
Yo: Eso me da paz.
Soy: Porque ya no necesitas convertirte en perfección para que otro no se decepcione.
Yo: Ni en fuerza para que otro no se derrumbe.
Soy: Puedes ser humana.
Yo: Puedo fallar.
Soy: Puedes perder un partido.
Yo: Y no por eso se acaba todo.
Soy: No.
Yo: Puedo recibir un gol en contra.
Soy: Y seguir jugando.
Yo: Sin tener que demostrarle a nadie que valgo.
Soy: Sin tener que salvar la fe de nadie.
Yo: Entonces tal vez no odio a las personas negativas.
Soy: No.
Yo: Odio sentirme arrastrada a una derrota que no elegí.
Soy: Y eso ya lo puedes nombrar.
Yo: Sí.
Soy: Hoy no viste solo un partido.
Yo: No.
Soy: Viste el origen de una exigencia.
Yo: Y también el origen de una fuerza.
Soy: Ahora puedes quedarte con la fuerza.
Yo: ¿Y la exigencia?
Soy: La puedes ir dejando en la cancha.
Yo: Como algo que ya no necesito cargar.
Soy: Como algo que ya no tienes que jugar por nadie.
Yo: Yo juego mi vida.
Soy: Sí.
Yo: Y si cae un gol en contra…
Soy: Respiras.
Yo: Miro la cancha.
Soy: Acomodas el cuerpo.
Yo: Y sigo.
Soy: Pero ya no para que nadie se sienta orgulloso.
Yo: Sino porque todavía estoy viva.
Soy: Y porque todavía hay partido.



