El Mundial como experimento psicológico colectivo: lo que despertó en mí.

Hasta hace unas semanas, yo menospreciaba el fútbol.

Lo observaba principalmente como un fenómeno que mantenía a muchas personas distraídas o, incluso, dormidas. Me resultaba difícil comprender cómo alguien podía emocionarse tanto, gritar, llorar o enloquecer por un partido mientras en el país y en el mundo sucedían situaciones profundamente dolorosas. Desde esa mirada, el fútbol podía parecerme una forma de evasión colectiva.

Sin embargo, vivir el Mundial en México me obligó a mirar el fenómeno desde un lugar diferente.

Durante esos días se sintió una energía inmensa. No solamente por los partidos, sino por la llegada de personas de distintos lugares, por las calles, las conversaciones, las playeras, las banderas y la emoción que parecía transmitirse de una persona a otra. Vivo en un fraccionamiento y comencé a observar a mis vecinos emocionados por el fútbol. Poco a poco, aquella energía fue impregnando los espacios cotidianos y muchas personas que normalmente no seguíamos este deporte terminamos sintiéndonos parte de algo colectivo.

Por supuesto, mirar el fútbol con mayor apertura no significa ignorar todo lo que se mueve alrededor de él. Detrás de un acontecimiento de esta magnitud existen intereses económicos, decisiones políticas, transformaciones urbanas, consumo, publicidad y enormes movimientos de dinero. Cuando solamente nos dejamos llevar por la emoción, corremos el riesgo de no preguntarnos qué está ocurriendo detrás del espectáculo.

Pero también creo que sucede lo contrario: cuando únicamente lo observamos desde la crítica, podemos dejar de reconocer algo profundamente humano que está ocurriendo frente a nosotros.

En mi caso, el Mundial comenzó a despertar recuerdos que, de alguna manera, parecían haber quedado enterrados.

Uno de los momentos más significativos que compartía con mi papá durante mi infancia era jugar fútbol. Yo era la portera y él me lanzaba el balón para que intentara detenerlo. Era un juego sencillo, pero también era una forma de convivencia, de cercanía y de unión. Durante muchos años no pensé demasiado en esos momentos. Sin embargo, al volver a escuchar el sonido del balón, los gritos de gol y la emoción de los partidos, aquellos recuerdos comenzaron a regresar.

También recordé que en la escuela me gustaba jugar y practicar deportes. Incluso uno de mis libros favoritos de la infancia era Pateando lunas, la historia de Maite, una niña que quería ser futbolista. Lo leí cuando cursaba aproximadamente tercero de primaria y se convirtió en uno de esos cuentos que permanecen guardados en alguna parte de la memoria, aunque pasen muchos años sin que volvamos a pensar en ellos.

Después crecí y el fútbol desapareció casi por completo de mi panorama. Continuó formando parte de la vida de mi hermano, de algunos exnovios y de otras personas que conocí, pero dejó de ser algo propio. Quizá por eso me sorprendió tanto descubrir que el fútbol también había sido parte de mi historia.

Durante el Mundial me permití realizar algunos pequeños experimentos sociales. Uno de ellos ocurrió el día de mi cumpleaños, el 21 de junio, cuando decidí ponerme una playera de la selección mexicana. Me llamó la atención observar cómo un gesto tan sencillo podía despertar algo en las personas que estaban a mi alrededor.

Para el último partido de México, mi hermano también llevaba su playera, mi sobrino estaba vestido de la misma manera y otros integrantes de mi familia comenzaron a involucrarse. Mi hermana hizo una llamada para decirnos que también estaba viendo el partido. De pronto, cada uno desde su espacio, estábamos compartiendo un mismo acontecimiento.

No necesariamente hablábamos de nuestros problemas, de nuestras diferencias o de las cosas pendientes entre nosotros. Simplemente estábamos reunidos alrededor de una emoción común.

Eso me hizo comprender que los símbolos colectivos pueden crear pequeños puentes. Una playera, una bandera, una canción o un partido pueden convertirse temporalmente en un lenguaje compartido. No solucionan los conflictos de una familia ni los problemas de un país, pero pueden producir momentos de encuentro que también son reales.

Durante esas semanas vi aproximadamente la mitad de los partidos. Me permití disfrutarlos, emocionarme, gritar un gol, sentir tristeza cuando un equipo perdía y experimentar distintas emociones sin juzgarme por ello.

Tal vez una de las cosas más importantes que aprendí fue que los seres humanos podemos sostener varias realidades al mismo tiempo.

Podemos reconocer que en México y en el mundo están ocurriendo situaciones difíciles y, al mismo tiempo, experimentar alegría por un partido. Podemos cuestionar los intereses económicos y políticos que rodean al fútbol y, al mismo tiempo, disfrutar la unión que produce. Podemos ser conscientes del dolor sin renunciar por completo a la celebración.

Durante mucho tiempo pensé que tomar conciencia implicaba permanecer atenta principalmente a lo doloroso. Como si disfrutar demasiado pudiera volverme indiferente o superficial. Sin embargo, ahora pienso que la conciencia también consiste en ampliar nuestra capacidad para sostener emociones aparentemente contradictorias.

No necesitamos negar la realidad para sentir alegría, ni renunciar a la alegría para demostrar que comprendemos la realidad.

Quizá el problema no está en emocionarnos por el fútbol, sino en utilizarlo para no mirar nada más. Y quizá también existe un problema cuando rechazamos toda experiencia colectiva por considerarla superficial, sin detenernos a observar qué necesidades humanas se expresan a través de ella: pertenencia, identidad, juego, esperanza, convivencia y deseo de formar parte de algo más grande que nosotros mismos.

En mi caso, ser parte de este Mundial no solamente significó ver partidos. Significó recuperar una parte de mi historia.

Fue como si toda aquella fuerza colectiva hubiera conseguido abrir una caja de recuerdos que llevaba mucho tiempo cerrada. A partir de los recuerdos relacionados con el fútbol comenzaron a aparecer muchos otros que no tenían ninguna relación directa con él. Escenas de mi infancia, sensaciones, juegos, personas y momentos que creía olvidados comenzaron a regresar.

Me resulta increíble pensar que se necesitó un acontecimiento tan grande, con toda su energía social y emocional, para abrir aquella caja.

Probablemente, si el Mundial no se hubiera vivido de esta manera en México, yo no habría vuelto a encontrar tan pronto a aquella niña que jugaba como portera con su papá, que disfrutaba correr detrás de un balón y que leía la historia de una niña llamada Maite que soñaba con ser futbolista.

El Mundial no cambió por completo mi mirada crítica sobre el fútbol, pero sí la hizo más amplia.

Ahora puedo ver sus contradicciones: puede ser negocio y celebración, manipulación y pertenencia, evasión y encuentro. Puede distraernos de algunos problemas, pero también recordarnos partes de nosotros mismos que habíamos dejado atrás.

Quizá crecer no debería significar despreciar aquello que alguna vez nos hizo felices. Quizá madurar también consiste en regresar a ciertos lugares de nuestra infancia con una mirada nueva: sin idealizarlos, pero tampoco negándolos.

Por eso agradezco haberme permitido vivir esta experiencia.

No solamente porque disfruté los partidos, sino porque, en medio de millones de personas gritando, celebrando y esperando un gol, pude volver a escuchar algo mucho más íntimo: el eco de mi propia infancia llamándome desde un lugar que creía olvidado.