Quisiera compartir un poco de mi experiencia en la exposición Laberinto de Leonora Carrington. Desde hace muchísimos años admiro el trabajo de Leonora Carrington, su simbolismo, su mundo interno, su surrealismo…
El viernes 22 de mayo finalmente pude ir a vivir la exposición ya terminada. La exposición ya llevaba aproximadamente un mes abierta, pero yo no había tenido oportunidad de viajar a la Ciudad de México para verla presencialmente.
Y honestamente fue muy diferente ver el resultado final… porque una cosa es pensar o escribir sobre las obras, y otra muy distinta es caminar dentro del espacio y experimentar todo lo que se mueve emocional, psicológica y simbólicamente dentro de ti.
Al entrar, te ofrecen distintas guías dependiendo de la experiencia que quieres vivir dentro del recorrido.
Hay experiencias más familiares, otras más introspectivas… y en mi caso elegí la experiencia alquímica —como buena terapeuta, amante del simbolismo y excavadora de la psique humana—.

Algo que siempre me ha gustado del surrealismo es que muchas veces no busca darte respuestas racionales… sino ayudarte a entrar en preguntas mucho más profundas.
Y justo al comenzar el recorrido, empiezas viendo parte de la vida de Leonora. Hay una línea del tiempo donde se muestran distintos momentos importantes de su historia.

“Mis ojos son fuertes y están acostumbrados a todas las luces y todas las oscuridades.”
Tal vez una de las frases más importantes que un terapeuta puede comprender.
Porque acompañar la mente y el corazón humano implica aprender a mirar ambas cosas: la belleza y el dolor, la ternura y la sombra, la esperanza y el caos.
Un terapeuta no solo escucha historias felices. También escucha traumas, duelos, abusos, miedo, vacío, violencia, culpa y soledad. Y aun así, necesita permanecer humano, sensible y presente.
No para acostumbrarse al sufrimiento desde la frialdad…
sino para desarrollar unos ojos capaces de sostener la complejidad humana sin negar la luz ni huir de la oscuridad.
Quizá por eso muchos terapeutas terminamos entendiendo que sanar no significa volverse “solo ser de luz”, sino aprender a mirar la totalidad del ser humano con menos juicio, más consciencia y más compasión.

La idea de que la creación no siempre ocurre en silencio perfecto, orden absoluto o condiciones ideales. A veces ocurre en medio del caos, de la vida real, de los vínculos, de los perros, de los hijos, del cansancio y de la sensibilidad.
Y creo que muchas mujeres sensibles, creativas y trabajadoras cargan justo ese miedo:
“¿Podré sostener mi mundo interno, mi trabajo, mi vocación y también una maternidad?”
Y luego ves a mujeres así, como Leonora… creando arte, pensamiento, vida y amor al mismo tiempo, aunque sea imperfectamente.
“Con un bebé en una mano y un pincel en la otra” casi se siente como una metáfora de muchas mujeres que intentan sostener cuidado y creación simultáneamente.

Y quizá eso también es algo profundamente hermoso de Leonora Carrington:
que no necesitó escapar completamente de lo cotidiano para encontrar lo mágico. Lo encontró dentro de la cocina, de la casa, de los animales, de los hijos, de los objetos, de las habitaciones y de la vida diaria.
Hay artistas que buscan inspiración viajando constantemente, cambiando de ciudad o persiguiendo experiencias extraordinarias. Pero Leonora parecía recordarnos otra cosa:
que también existe un portal inmenso en lo aparentemente simple.
La taza de café.
El perro dormido.
La luz entrando por una ventana.
Una conversación.
El cansancio.
La comida.
La maternidad.
La casa.
El cuerpo.
La rutina.
Y convertir eso en símbolo, alquimia, arte y consciencia.
Creo que por eso muchas personas sensibles o creativas nos conectamos tanto con ella. Porque a veces sentimos culpa por no estar “haciendo algo enorme”, viajando lejos o viviendo una vida extraordinaria todo el tiempo.
A veces la sensibilidad no necesita escapar del mundo cotidiano.
Necesita aprender a ver el mundo realmente.

La vida puede ser profundamente seria… y al mismo tiempo un juego.
No un juego en el sentido de superficialidad o irresponsabilidad, sino en el sentido más creativo, vivo y libre de la palabra.
Jugar con la identidad.
Con las ideas.
Con los símbolos.
Con la ropa.
Con el arte.
Con las conversaciones.
Con el absurdo.
Con el misterio.
Con la existencia misma.
Y creo que eso rompe muchísimo la rigidez con la que muchas veces vivimos:
la necesidad de hacerlo “bien”, de vernos coherentes todo el tiempo, de controlar la imagen, de ser adultos solemnes permanentemente.
Leonora parece decir: “La irreverencia también puede ser sabiduría.”
Muchas personas viven tan tensas, tan controladas, tan intentando sobrevivir correctamente… que olvidan jugar, experimentar, improvisar, equivocarse, exagerar, reírse de sí mismas.
A veces el juego no es evasión.
A veces el juego es una forma de libertad psicológica.

Y bueno… cuando termina esta primera parte más biográfica sobre Leonora Carrington, llegas a una especie de entrada donde hay una gran escultura mejor conocida como La Sepiente Voladora y dos caminos posibles.
Literalmente tienes que decidir hacia dónde ir.
A la derecha había un símbolo de un laberinto… y a la izquierda había una figura de cuatro puntos, casi como un mandala o una brújula simbólica.
Y en mi caso decidí entrar por el camino de los cuatro puntos.
¿Por qué?
Porque internamente resonó muchísimo conmigo.
Me hizo pensar en esta idea que ellos mismos mencionaban dentro de la exposición: la posibilidad de una especie de brújula psíquica del ser humano.
Pensar.
Sentir.
Intuir.
Percibir.
Como si la experiencia humana no pudiera sostenerse solamente desde la razón… sino desde la integración de distintas formas de mirar el mundo.
Y conforme vas avanzando, empiezas a entrar en espacios enormes donde las obras están acompañadas de luces, sombras, arquitectura, sonido y una atmósfera que hace que no solamente observes las piezas… sino que entres emocionalmente en ellas.

Una de las primeras obras que más me impactó fue La Tamborilera.
Es una figura enorme, hermosa, poderosa… tocando un tambor mientras te mira directamente.
Y algo que me hizo reflexionar muchísimo fue el sonido del tambor que había de fondo.
Porque creo que el sonido del tambor tiene algo profundamente humano.
Ese ‘pum pum pum…’ muchas veces nos recuerda al corazón. Al ritmo. A la vida. Incluso al vientre materno.
Creo que por eso el sonido del tambor puede sentirse tan hipnótico, tan regulador o tan emocional para muchas personas.
Porque el ser humano también se calma a través del ritmo. A través del cuerpo. A través del latido.
Y mientras veía esta obra, pensaba mucho en cómo incluso los abrazos tienen algo de eso.
Cuando abrazamos a alguien y el pecho se junta con el pecho del otro… hay una especie de sincronización emocional y corporal muy profunda. Como si por un momento el corazón recordara que no está solo.
Y algo muy interesante es que durante el recorrido te sugieren ciertas preguntas introspectivas.
Pero en mi caso decidí hacerme mis propias preguntas.
Como buena terapeuta, amante de la psicología profunda y admiradora del simbolismo de Leonora Carrington… creo que ya llegué a un punto donde las obras empiezan a preguntarme directamente cosas relacionadas con mi propia vida, ya no me pregunto qué significa la obra, me preguntó; qué me quiere decir la obra.

Y las preguntas que aparecierón para mí frente a La Tamborilera fuerón:
¿A quién está llamando el sonido de mi corazón?
¿Qué atrae mi ritmo interno?
¿Quién escucha mi tambor?
¿Y yo… estoy escuchando realmente aquello que mi corazón está intentando comunicar?

Otra parte que me impactó muchísimo fue:
la Sección de los tarots de Leonora Carrington.
Ahí estaban representados los arcanos principales —aproximadamente 22 cartas— reinterpretados desde el universo surrealista de Leonora.
Fue bellísimo observar cómo ella transformaba estos símbolos clásicos en algo tan onírico, tan extraño y tan profundamente humano.
Me detuve bastante tiempo viendo cada carta.
Observando detalles.
Figuras.
Formas.
Símbolos.
Y en el centro había una especie de máquina interactiva con unas palmas.
Tú ponías tus manos sobre ella… y la máquina te entregaba una carta.
Bueno…
en mi caso me salieron dos cartas.
Y ambas fueron exactamente la misma:
Los Amantes o los Enamorados, carta número 6.

No pude evitar sentir algo muy profundo.
Porque justamente estoy por cerrar mi ciclo de los 33 años. Y 3 más 3 es igual a 6.
Y el 6, dentro del tarot, representa precisamente la carta de Los Amantes o los Enamorados
Esta interpretación de Los Amantes en el tarot de Leonora Carrington es muy distinta a la idea romántica tradicional de “alma gemela” o simplemente pareja.
Aquí parece hablar más de algo psicológico, simbólico y hasta espiritual:
la unión de opuestos dentro y fuera de nosotros.
Por eso menciona: “polaridades que se unen más no se desdibujan entre sí”.
Es decir:
amar no significa desaparecer dentro del otro.
Ni perder identidad.
Ni fusionarse completamente.
Poder unirse conservando la propia esencia.
Y la pregunta final: “¿Qué opuestos se unen en ti?”
Es casi una invitación a observar nuestras propias contradicciones humanas.
Por ejemplo:
- sensibilidad y fortaleza,
- racionalidad y espiritualidad,
- calma y deseo,
- independencia y necesidad de compañía,
- luz y sombra,
- control y juego,
- terapeuta y mujer vulnerable,
- análisis y emoción.
Creo que Carrington veía el amor no solo como romance, sino como integración.
Como la capacidad de sostener partes aparentemente contradictorias sin destruir ninguna. La unión simbólica de polaridades internas.
No convertirte en “solo luz”.
No convertirte en “solo razón”.
No convertirte en “solo espiritualidad”.
Sino permitir que múltiples partes tuyas coexistan.
Tal vez por eso la carta se siente tan diferente:
porque no habla únicamente de elegir a alguien.
Habla también de aprender a habitar tu propia complejidad sin fragmentarte.

Y después llegué a la obra que más me impactó de toda la exposición:
La Palmista.
Honestamente creo que fue la obra que más me cautivó.
Ver esta figura frente a frente… con las manos abiertas… Fue una experiencia profundamente simbólica para mí.
Porque el palmista, de alguna manera, parece invitarte a mostrar quién eres.
Como si las palmas de las manos fueran una especie de revelación.
Algo muy interesante es que en cada palma aparece también un rostro.
Como si ambas manos contuvieran identidades o versiones de uno mismo.
La unión de polaridades.
La reconciliación de aquello que parecía dividido.
Y eso fue exactamente lo que sentí viendo La Palmista.
Como si la obra dijera:
‘mírate completa’.
Mira tus luces.
Mira tus sombras.
Mira aquello que amas de ti.
Y también aquello que has intentado rechazar.
Y honestamente, sentada frente a esa escultura tan enorme, tan viva, con todo este juego de luces y sombras alrededor… entendí algo muy importante:
que ya no quiero seguir peleando conmigo misma.
Porque al final eso somos.
Luces y sombras.
Virtudes y defectos.
Partes hermosas y partes incómodas.
Una de las cosas más profundas que puede vivir un ser humano es dejar de dividirse internamente. Algo todavía más interesante es que cuando dejamos de pelear con nuestra propia sombra, también dejamos de pelear tanto con la sombra de los demás.
Y entonces empiezas a mirar la vida de otra manera.
Con más integración.
Con más humanidad.
Con menos necesidad de separar todo entre bueno y malo.
Eso fue lo que me dejó La Palmista.

Después llegué a otra obra que también me movió muchísimo:
La inventora del atole.
La energía de esta obra se sentía completamente distinta.
Había algo profundamente cálido en ella.
Algo tranquilo.
Algo que se sentía como hogar.
Y cuando hablo de hogar no me refiero necesariamente a una casa o a una familia en el sentido tradicional.
Me refiero más bien a esta sensación de poder habitarte a ti misma con tranquilidad.
Como si después de integrar tantas partes internas…
apareciera por fin un espacio de descanso.
Y de pronto llegar a esta obra fue como sentir:
‘ya no tienes que seguir peleando todo el tiempo’.
Había algo profundamente femenino y creador en esa imagen.
Algo relacionado con nutrir.
Con sostener.
Con transformar.
También representa muchísimo el acto creativo.
Porque toda creación nace de algún lugar interno.
A veces del dolor.
A veces del vacío.
A veces de la necesidad de comprendernos.
Y a veces también de la calma.
Y justamente por eso me pareció tan interesante el recorrido:
porque sentí que iba pasando simbólicamente por distintos estados psicológicos.
Integración.
Confrontación.
Introspección.
Y después…
esta sensación de hogar interno.
Como si el verdadero hogar no fuera un lugar externo…
sino un espacio dentro de uno mismo donde finalmente puedes descansar.
Al llegar a cierto punto del recorrido, ya existía la posibilidad de salir de la exposición.
Pero me di cuenta de algo: no quería salir todavía.
Sentí la necesidad de regresar. De volver a recorrer. De volver a mirar algunas obras.
Y creo que eso también es muy simbólico del propio laberinto.
Porque un laberinto no siempre se trata de encontrar rápidamente la salida.
A veces se trata de regresar.
De observar distinto.
De mirar nuevamente algo que la primera vez no pudiste comprender del todo.
Honestamente creo que eso también pasa muchísimo en la vida.
Hay experiencias, relaciones, emociones o partes de nosotros mismos a las que necesitamos volver una y otra vez, no porque estemos retrocediendo, sino porque cada vez las observamos desde una conciencia distinta. Y eso fue exactamente lo que me pasó dentro de esta exposición.
Había obras que sentía que necesitaba volver a mirar. Como si algo en mí todavía estuviera dialogando con ellas.
Y aunque hubo muchas piezas hermosas durante todo el recorrido, hoy estoy compartiendo solamente aquellas que más resonaron conmigo.
Las que más me movieron emocional, simbólica y psicológicamente.

Volví a caminar el recorrido…
y entonces encontré esta obra, sentí que esa obra tenía que aparecer justo después de La inventora de atole.
Porque si La inventora de atole representaba para mí esta energía de nutrición, creación y contención…
Esta otra obra se sentía como el nacimiento de algo.
La figura estaba dentro de una especie de cúpula llena de luces: La Dragonesa.
Casi como si estuviera dentro de un huevo. Dentro de un vientre. Dentro de un espacio de gestación.
Y algo que me impactó muchísimo fue pensar:
‘esto es lo que estaba dentro de la olla de La Inventora de Atole’.
Como si toda esa creación interna finalmente estuviera tomando forma.
Porque en La inventora de atole todavía sentía la energía de algo mezclándose.
Formándose.
Cocinándose internamente.
Pero aquí…
ya existía algo más definido.
Y si observas las manos de esta figura, parece estar sosteniendo algo que finalmente puede entregarse al mundo.
Como si dijera:
‘esto es lo que tengo para dar’.
‘esto es lo que nació dentro de mí’.
Creo que todos los seres humanos pasamos por procesos de gestación psicológica.
Hay ideas.
Versiones de nosotros mismos.
Cambios.
Proyectos.
Vínculos.
Partes internas…
que necesitan tiempo dentro de la oscuridad antes de poder nacer.
Y creo que eso fue justamente lo que sentí dentro de esa cúpula llena de luces:
la sensación de que algo finalmente estaba listo para existir. Se me hizo bellísimo.
Y bueno… Después de todo este recorrido, ahora sí salí del laberinto.
Y al salir había dos obras:
Ship of Cranes.
Y para mí, simbólicamente, esa obra se sentía como el cierre perfecto de toda la experiencia.
Después de atravesar el laberinto, integrar partes de ti, cocinar algo internamente, gestar algo nuevo y finalmente reconocerlo…
Apareciera esta invitación:
‘ahora continúa el viaje’.
Como si el arca dijera:
‘ya estás lista’.
‘ya viste algo dentro de ti’.
‘ahora toma eso y navega con ello’.
Porque muchas veces en la vida atravesamos procesos internos muy complejos…
pero llega un momento donde ya no basta solamente con comprender.
También hay que avanzar. También hay que mover eso hacia el mundo. Compartirlo. Habitarlo. Encarnarlo. Hablaba de creación y movimiento.
De tomar aquello que descubriste dentro del laberinto y atreverte a continuar.
Leonora Carrington tiene figuras similares en otras partes.
Justamente esa misma noche vimos una obra relacionada con el cocodrilo en la Ciudad de México.

El cocodrilo tiene algo profundamente simbólico:
es una criatura antigua,
primitiva,
resistente,
capaz de moverse entre agua y tierra.
Y creo que eso también representa muchísimo los procesos humanos:
aprender a atravesar distintos mundos internos sin perder completamente quienes somos.
El laberinto no terminaba al salir.
El verdadero viaje empezaba después.

Y bueno…
creo que para cerrar el recorrido estaba una de las obras más enigmáticas de toda la exposición:
El Desconocido.
Y honestamente entiendo por qué esta obra podría generarle miedo a algunas personas.
Había algo profundamente extraño en ella.
Misterioso.
Oscuro.
Incluso inquietante.
Pero algo que me impactó muchísimo fue que frente a la obra caía agua constantemente.
Y dependiendo de cómo la mirabas, parecía que el agua caía directamente frente a tus ojos.
Y para mí esa agua se sintió profundamente simbólica.
Como una limpieza.
Como una purificación.
Como algo que arrastra emociones.
Como si después de atravesar todo el laberinto…
todavía hiciera falta una última cosa:
reconocer aquello que normalmente evitamos mirar.
Y creo que eso representa muchísimo la sombra humana.
Esa parte difícil.
Esa parte incómoda.
Esa parte que muchas veces queremos esconder, negar o expulsar.
Pero honestamente creo que uno de los errores más grandes que cometemos como seres humanos es intentar separarnos completamente de nuestra oscuridad.
Porque esa parte también existe.
También siente.
También protege.
También intenta sobrevivir.
Y mientras veía esta obra pensaba justamente eso:
no dejes esa parte abandonada afuera de la barca.
Súbela también.
Abrázala también.
Escúchala también.
Permite que incluso esa parte difícil participe en tu transformación.
Porque integrar no significa convertirnos en seres perfectos o luminosos todo el tiempo.
Integrar significa reconocer que somos complejos.
Sé que muchas personas podrían relacionar esta obra con el miedo, con el diablo o con algo amenazante… pero creo que muchas veces nuestros propios miedos nos impiden mirar más profundamente.
Y cuando aprendemos a observar más allá del miedo… Descubrimos que incluso aquello que parecía oscuro también puede contener humanidad.
Poder estar cerca de esta obra fue algo profundamente bello para mí.
Gracias Leonora.




